lunes, 9 de enero de 2012

Hoy hablaré de mí. Hablaré de lo feliz que llegue a ser. De cómo vida cambio después de aquella noche, en el que lo conocí a Él, si a Él, con mayúscula, porque fue el demiurgo de mi mundo. Aquella noche, en la que soy capaz de capitular cada momento, aun puedo sentir el olor a fuego de aquellas hogueras, y escuchar los gritos de la multitud que tan dichosos eran a mí alrededor. Pero si hay algo que recuerdo sin problema son las lágrimas cayendo por mi mejilla observando ese ir y venir de las olas alumbradas por la luna llena (esa que después tanto nos gustaría), y le recuerdo a Él sentándose a mi lado, sin mediar palabra, escribiendo en la arena, aquello que se convertiría en una huella imborrable,  “vales lo que tú quieras valer”, y fue ahí cuando nuestras miradas se cruzaron por primera vez de esa manera tan nuestra, ese azul penetrante que tantas veces había pasado inadvertido para mí. Y mientras lloraba, tras una sonrisa inocente, pronunció las primeras  palabras: “venga va, te acompaño a casa”, se levanto, me levanto a mí y emprendimos lo que sería el viaje de nuestras vidas, unos escasos quince, quizás veinte, minutos en los llegue a perder la noción del tiempo, le miraba y me daba cuenta de que Él era la persona que tanto tiempo había esperado. Me fui a cama, y tuve la sensación de que no puede parar de sonreír en toda la noche, de que aquello que llamaban felicidad, había llegado a mí.  Y a la mañana siguiente: ¿quién es?, Soy yo. Y así empezó nuestro idilio fruto de una inocente relación de amistad, que no pudo parar sus impulsos sexuales a pesar de la diferencia de edad, a pesar de creer que estábamos enamorados de otros. Fueron días aislados del mundo, (con)viviendo en la clandestinidad, conociéndonos, comprendiéndonos, entendiéndonos el uno al otro. Nos encontrábamos en un periodo de ensimismamiento cuando estábamos juntos, urdiendo nuestra clandestina relación. Repudió a la que había sido la primera por mí (hizó tantas cosas por mi…). Nos dirigimos vehementes hacia el paraíso. Nos hallábamos en un proceso de enajenamiento. Se llevó consigo, para siempre, mi primera vez, una fusión bajo sábanas, creando orgasmos a diario, amor en estado puro eso era lo que nos gustaba. Pero esa estabilidad tardo bastante poco en desparecer, estabilidad que nunca más volveríamos a conocer. Se enamoró y yo quise hacerlo, pero mi inmadurez y los recuerdos de antaño no me lo permitieron. Muy a mi pesar,  si lo reconozco, fue el clavo que saco otro clavo. Entendí el proverbio de “no valoras lo que tienes hasta que lo pierdes”, eso tristemente, me paso con Él, preferí decantarme por seguir enamorada de ese imbécil que preferiría a una cucaracha antes que a mí. Pero en el momento que dijimos FIN, supe que esto que habíamos creado no lo tendría nunca. Tarde en comprender que aquello que sentía era amor, amor de verdad y no la mierda de amor insulso que había sentido hasta entonces. Si, Él, el amor de mi vida. Y lo digo con la cabeza bien alta y sin que me tiemble la voz.

Y paso el tiempo y hubo una segunda vez, valla si la hubo y una tercera, y una cuarta…y así hasta que perdí la cuenta. Relación clandestina que cada vez se volvía más odisea, que terminó con mi muerte cerebral y su perfecta madurez, pero desgraciadamente aún hay mucho que contar para llegar hasta aquí. Ahora en mis pesadillas te grito hijo de puta y te abro en canal. No puedo evitarlo.

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